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Hay historias que provocan escalofríos, despiertan la imaginación y permanecen en la memoria mucho después de cerrar un libro; y esa capacidad de convertir el miedo en una experiencia fascinante explica parte del atractivo de la literatura de terror.
De acuerdo con Carlos Raphael de la Madrid, especialista en literatura creativa, este género ofrece una oportunidad para explorar las emociones humanas y descubrir por qué aquello que nos inquieta también puede despertar nuestra curiosidad.
Leer una historia de horror implica adentrarse en escenarios donde las certezas desaparecen.
La presencia de lo desconocido, los acontecimientos inexplicables y los personajes enfrentados a situaciones extremas construyen experiencias narrativas que conectan con inquietudes universales.
Sin embargo, esa fascinación no es reciente; ya que, desde las antiguas leyendas hasta las novelas contemporáneas, las sociedades han recurrido a relatos sobre la muerte y lo sobrenatural para representar sus temores.
Según el joven autor, el gusto por las historias inquietantes encontró una expresión literaria decisiva durante el siglo XVIII.
En 1764, Horace Walpole publicó The Castle of Otranto, considerada por la British Library como la primera novela gótica; sus escenarios medievales, secretos y acontecimientos sobrenaturales establecieron una fórmula narrativa que posteriormente sería explorada por autores como Ann Radcliffe, Matthew Lewis y Charles Maturin.
Con el paso del tiempo, el género dejó de depender exclusivamente de castillos, fantasmas y apariciones, acota Carlos Raphael de la Madrid.
Mary Shelley, por ejemplo, publicó Frankenstein en 1818, una obra que convirtió los avances científicos y la creación artificial de vida en fuentes de inquietud.
No obstante, según el especialista en literatura creativa, la evolución del terror también permitió explorar emociones más íntimas.
Edgar Allan Poe abordó la culpa, la obsesión y la locura, mientras Bram Stoker consolidó el imaginario del vampiro con Drácula, publicada en 1897.
Para Carlos Raphael de la Madrid, el atractivo del terror reside en su capacidad para explorar aquello que permanece fuera de nuestro control.
La incertidumbre, la pérdida, la muerte y lo desconocido se convierten en elementos narrativos que invitan a reflexionar sobre la experiencia humana.
Esa dimensión emocional también puede reconocerse en la literatura mexicana.
Las obras de Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas y Francisco Tario muestran cómo lo extraordinario puede irrumpir en escenarios cotidianos y transformar situaciones aparentemente familiares en experiencias perturbadoras.
En el caso de Dávila, la Enciclopedia de la Literatura en México identifica elementos fantásticos, góticos y de terror psicológico que contribuyen a construir una atmósfera de incertidumbre.
Por su parte, H. P. Lovecraft llevó el género hacia el horror cósmico, donde el miedo surge de reconocer que el universo puede contener realidades incomprensibles para el ser humano.
De forma que, acercarse a la literatura de terror representa mucho más que buscar una lectura emocionante y como plantea Carlos Raphael de la Madrid, el género permite explorar emociones, confrontar inquietudes y descubrir nuevas formas de interpretar el mundo.
Su permanencia demuestra que el miedo, además de ser una emoción profundamente humana, continúa siendo una fuente inagotable de imaginación literaria.
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