imagen tomada de la red
Hace 700 años se fundó Tenochtitlán, capital del poderoso imperio mexica en el mes de julio.
Cómo aniversario de este gran acontecimiento vale la pena mirar con atención uno de los aspectos más fascinantes de aquella civilización, su arte.
Lejos de ser decorativo, el arte mexica fue un lenguaje simbólico, una herramienta de poder y una expresión profunda de su cosmovisión.
Cada pieza era un puente entre lo humano y lo divino que merece ser apreciada en los museos de CDMX.
Una de las expresiones más imponentes del arte mexica fue la escultura monumental.
Talladas con precisión en bloques de basalto o andesita las imágenes de deidades como Coatlicue, Coyolxauhqui o Tlaltecuhtli sorprende por su tamaño.
Cada escultura tiene detalle técnico y el contenido simbólico que te roba el aliento
Estas esculturas eran centros rituales, marcadores cósmicos y soporte de ofrendas.
Un ejemplo notable es la Piedra del Sol, erróneamente llamada «calendario azteca», que en realidad es un complejo mapa del tiempo, el sacrificio y el movimiento del universo.
La cerámica también ocupó un lugar central en el mundo mexica, sobre todo en contextos rituales.
Vasijas como los cuauhxicalli, esculpidas con forma de jaguar o águila, servían para contener corazones humanos durante los sacrificios.
Estas piezas, lejos de ser utilitarias, eran objetos profundamente simbólicos y con una refinada técnica.
Además, se han hallado pinceles, pigmentos y paletas, prueba de una tradición pictórica activa que decoraba muros, códices y esculturas con escenas de dioses, batallas y calendarios sagrados.
Aunque mucha fue destruida durante la Conquista, la orfebrería mexica dejó rastros luminosos en piezas como discos, pectorales y narigueras de oro, cobre y turquesa.
Este arte, reservado a la nobleza, era más que ostentación, cada joya era un símbolo de conexión con los dioses.
Portar estos objetos era una forma de ejercer poder y participar del orden sagrado del mundo.
En el universo mexica, no existía una línea clara entre lo bello y lo sagrado.
El arte era, ante todo, funcional, en los templos, en las ceremonias y en los sacrificios.
Cada obra era una herramienta para comunicarse con lo divino, para ordenar el tiempo y para preservar el equilibrio del cosmos.
Hoy, visitar sus piezas en museos de la Ciudad de México es mucho más que un recorrido visual.
Se trata de un encuentro con una civilización que hizo del arte un lenguaje del universo.
Quienes deseen contemplar estas piezas en la actualidad pueden hacerlo en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología.
Donde se exhiben esculturas emblemáticas, vasijas ceremoniales y objetos rituales.
Otro espacio imprescindible es el Museo del Templo Mayor, ubicado en el Centro Histórico, justo donde una vez se erigió el centro espiritual de Tenochtitlán.
Ambos recintos ofrecen una ventana privilegiada al mundo mexica, 700 años después de su fundación.
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