con imágenes tomadas de la red
La música es mucho más que un simple entretenimiento: es una herramienta poderosa que activa regiones profundas del cerebro, fortalece la memoria, mejora la concentración y regula las emociones.
Así lo sostiene la doctora Lucía Crivelli, especialista en neuropsicología, quien revela cómo las melodías pueden convertirse en aliadas del desarrollo cognitivo y la salud mental.
Cuando escuchamos música, incluso de forma casual, múltiples zonas del cerebro se activan en simultáneo.
Este proceso involucra la corteza auditiva, áreas relacionadas con la memoria, el lenguaje y, especialmente, el sistema límbico, que gobierna nuestras emociones.
Según Crivelli, esta «sinfonía cerebral» facilita el intercambio entre hemisferios a través del cuerpo calloso, una estructura que conecta ambos lados del cerebro y se potencia con experiencias musicales.
Hay quienes se sumergen completamente en una canción y otros que la usan como telón de fondo mientras trabajan o estudian.
Ambas formas de escucha pueden influir positivamente en la memoria y la atención.
Escuchar música mientras realizamos otras actividades genera lo que se conoce como escucha contextual.
Esto quiere decir que ciertos temas musicales quedan asociados a momentos específicos, funcionando luego como anclajes que reactivan recuerdos y emociones.
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Un estilo en particular ha ganado protagonismo en entornos de estudio o trabajo: el lo-fi.
Este tipo de música, con su ritmo lento (entre 60 y 70 pulsaciones por minuto) y textura “rugosa” y repetitiva, favorece la concentración sin saturar el cerebro.
Según la especialista, este tipo de sonido no interfiere con el bucle fonológico, que es el mecanismo cerebral encargado de retener palabras y frases, lo cual lo convierte en un excelente acompañante para tareas cognitivas.
La música que escuchamos entre la adolescencia y la adultez joven —aproximadamente entre los 14 y 29 años— moldea gran parte de nuestros gustos musicales para el resto de la vida.
Esta etapa es clave en la formación de la identidad musical, una especie de huella sonora que llevamos con nosotros siempre.
Además, compartir música entre padres e hijos no solo enriquece esta identidad, sino que fortalece los vínculos afectivos.
Las canciones heredadas de las generaciones anteriores suelen convertirse en puentes emocionales que unen pasado y presente a través de los oídos.
En resumen, escuchar música no solo genera placer, sino que también tiene efectos medibles.
Puede afectar nuestra memoria, atención y bienestar emocional.
Ya sea para mejorar el rendimiento intelectual, crear vínculos familiares o simplemente relajarnos, las melodías que elegimos cada día tienen un impacto real en nuestro cerebro.
Y ese impacto, en muchos casos, puede durar toda la vida.
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