El Popotillo es mucho más que una técnica artesanal: es una forma de contar historias con paja, paciencia y tradición.
En Guanajuato capital, este arte sigue vivo gracias a manos como las de Gil Molina, quien ha dedicado más de 40 años a perfeccionarlo.
Desde la Casa de las Artesanías, su trabajo no solo atrae miradas, también conecta generaciones. Lo aprendió de su madre, su abuela y sus tías, y hoy continúa transmitiéndolo con el mismo cuidado con el que cada fibra es colocada.
Popotillo: una técnica con casi 200 años de historia
El popotillo tiene su origen en las faldas del volcán Popocatépetl y consiste en cortar y pegar fibras de paja utilizando la uña para crear imágenes detalladas. Paisajes, iglesias, playas y símbolos locales cobran vida a través de esta técnica.
Aunque el material es sencillo, el proceso es todo menos fácil. Cada pieza requiere precisión y tiempo: un pequeño imán puede tomar alrededor de 40 minutos, mientras que una obra más grande puede necesitar hasta 18 horas de trabajo continuo.
Además, los colores no son casualidad. Se obtienen mediante pigmentos orgánicos, como anilinas vegetales, lo que mantiene el vínculo con lo natural.
Guanajuato como inspiración y legado
Aunque Gil Molina comenzó su camino en otros lugares como Tijuana y Puerto Vallarta, fue en Guanajuato donde encontró su hogar hace más de 30 años.
Aquí, sus obras reflejan la esencia del estado, con escenas como el Callejón del Beso entre las más solicitadas.
Pero su labor va más allá de crear. También enseña. Forma pequeños grupos de alumnos, a quienes guía y apoya, incluso comprando sus obras si detecta talento.
Para él, el mensaje es claro: apoyar a los artesanos es clave para que estas tradiciones no desaparezcan. Porque cada pieza de popotillo no solo es arte, es un fragmento de historia que merece seguir vivo.
Con información de El Sol de León.











