con imágenes tomadas de la red
El pasado 17 de octubre fue el 70 aniversario por el voto femenino en México.
Este hecho se concretó el 17 de octubre de 1953 y hoy a sus 85 años, María Luisa Rueda Rodríguez cuenta cómo este hecho cambió su historia.
María Luisa es testigo viviente de una de las mayores transformaciones sociales en México: la lucha por el derecho al voto de las mujeres.
A través de sus vivencias, se puede entender el profundo impacto que esta batalla tuvo en su vida y en la de muchas otras mujeres.
«Era bien feo, uno nomás decía algo y nos gritaban ‘cállate, esto es tema de hombres, no de las mujeres’», relata.
Para ella, más allá del voto femenino, el verdadero problema era la falta de oportunidades.
“Los hombres no nos dejaban estudiar, trabajar ni aprender algún oficio. Yo no aprendí nada por eso, y la vida se me complicó cuando tuve que arreglármelas sola”.
Este tipo de vivencias reflejan las barreras estructurales que muchas mujeres enfrentaban en México, barreras que el derecho al voto apenas comenzaba a romper.
María Luisa nació en León, Guanajuato, y aunque su vida no fue fácil, siempre buscó la forma de salir adelante.
En 1955, el mismo año en que se aprobó el voto femenino en México, María Luisa tomó una decisión radical: dejar atrás una relación opresiva y empezar de nuevo.
Se mudó a la colonia San Agustín, en Ecatepec, Estado de México, donde comenzó a reconstruir su vida desde cero.
Su relato refleja la valentía de las mujeres de su generación, que se enfrentaron a situaciones adversas para encontrar su propio camino.
«Recuerdo cuando las mujeres pudimos votar por primera vez en México. Yo aún no tenía la mayoría de edad, pero muchas cosas cambiaron desde entonces», comenta.
Para María Luisa, el derecho a votar fue un símbolo de un cambio mucho mayor: el reconocimiento de las mujeres como personas con voz y derechos.
«Antes éramos invisibles, los hombres nos tenían con el pie en el pescuezo. Ahora nos dan la oportunidad de opinar, de decir si algo está bien o está mal».
La mudanza a San Agustín no sólo fue un escape, sino también una oportunidad.
Aunque María Luisa nunca asistió a la escuela, su carácter fuerte y su determinación la convirtieron en una figura respetada en su comunidad.
«Yo no supe lo que era una escuela, pero nunca me quedé callada. Siempre levanté la voz por mi colonia», relata.
Fue elegida como la primera presidenta de su colonia.
Este liderazgo es algo que María Luisa destaca con orgullo, y lo compara con el momento actual de México, en el que por primera vez hay una presidenta mujer y gobernadoras en varios estados.
«Las mujeres no tenemos miedo. Nos gusta trabajar, salir adelante, no importa si estamos solas. Yo siempre les decía a mis vecinas: ‘levántense, vamos a Toluca con los gobernantes, vamos a exigir agua, luz, pavimento’. Era una lucha constante», recuerda con entusiasmo.
Para María Luisa, los avances que ha presenciado en la lucha por los derechos de las mujeres son motivo de orgullo.
A pesar de los avances, María Luisa también reconoce que la lucha no ha terminado.
«Pareciera que es una lucha eterna, pero poco a poco las cosas mejoran para nosotras», reflexiona.
Ella ve en las mujeres de hoy un reflejo de la misma energía y determinación que la llevó a luchar por su comunidad en sus años más jóvenes.
En sus momentos de reflexión, María Luisa se recuerda a sí misma como una joven que tuvo que enfrentarse a una vida difícil, primero como hija y luego como esposa.
«Mi papá hizo con mi mamá lo que él quería, porque él era el hombre y se hacía lo que él decía», comenta.
La misma dinámica se repitió en su matrimonio, lo que finalmente la llevó a tomar la valiente decisión de huir.
Aunque su independencia le costó sacrificios, nunca perdió su espíritu de lucha.
Después de muchos años, regresó a León para estar cerca de sus seres queridos de los que se había alejado.
Hoy en día, vive de las pensiones del gobierno y vendiendo dulces en las calles.
«Lo que me gusta de León es que tenemos muchas facilidades que antes no teníamos. A veces no lo vemos o no lo agradecemos, pero yo, que ya lo viví, quiero dar las gracias a los que han estado y a las que están como presidentas», concluye.
La historia de María Luisa es un recordatorio de que los derechos que hoy en día se dan por sentados fueron el resultado de largas luchas y sacrificios.
Su experiencia personal refleja cómo la obtención del derecho al voto femenino fue sólo el principio de un cambio más amplio y profundo en la vida de las mujeres mexicanas.
Ahora, a sus 85 años, María Luisa sigue recordándonos que la lucha por la igualdad aún continúa.
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