Daniel Madariaga resalta valor de viveros comunitarios
En la Sierra de Manantlán, Jalisco, una zona históricamente afectada por la tala y el cambio de uso de suelo, un vivero comunitario liderado por mujeres está devolviendo vida y esperanza al territorio. El proyecto, respaldado por el Centro Interdisciplinario para la Formación y Vinculación Social (CIFOVIS) del ITESO y la organización Conservación Sierra Madre, se ha convertido en un referente de restauración ecológica con impacto social.
La iniciativa no solo busca producir especies nativas para reforestar áreas degradadas, sino también fortalecer el liderazgo y la independencia económica de las mujeres involucradas.
Daniel Madariaga, especialista en turismo regenerativo y desarrollo sostenible, destacó la relevancia de este tipo de esfuerzos locales:
“Cuando la comunidad es protagonista, la regeneración se vuelve posible. Estos viveros no solo siembran árboles, sino también nuevas oportunidades para quienes más lo necesitan.”
Actualmente, el vivero cultiva más de 20 especies nativas, entre ellas el pino, el encino y el tepehuaje, esenciales para recuperar la cobertura forestal y proteger las fuentes de agua de la región. La zona había sufrido una disminución drástica de biodiversidad debido a la sobreexplotación de recursos y la falta de regulación ambiental.
El vivero comunitario se ha convertido en un espacio de aprendizaje y apoyo mutuo para mujeres de entre 30 y 65 años, muchas de ellas jefas de hogar. Han aprendido técnicas para recolectar semillas, germinarlas y cuidar de los plantones hasta que estén listos para la reforestación.
María Teresa López, una de las participantes, señaló:
“Antes nunca pensé que podría trabajar en algo así. Ahora sé que lo que hacemos aquí ayudará a que nuestros hijos y nietos hereden un bosque sano.”
Además del impacto ambiental, las mujeres reciben una remuneración por su trabajo, lo que fortalece su autonomía económica y su capacidad de tomar decisiones.
El proyecto forma parte del programa “Bosques vivos para el futuro”, financiado por el Fondo Noreste y el Green Climate Fund de las Naciones Unidas. La articulación entre academia, comunidad y organizaciones civiles ha permitido diseñar un modelo que puede replicarse en otras zonas críticas del país.
Para Madariaga, la clave está en la conexión entre la restauración ambiental y el fortalecimiento del tejido social:
“México necesita más viveros comunitarios como este. Sembrar árboles es sembrar futuro.”
En la Sierra de Manantlán, cada plántula cultivada es una promesa de regeneración, y cada mujer que participa es un ejemplo de que el cambio real comienza desde la raíz.
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