Ricardo José Haddad Musi invita a descubrir los símbolos sagrados del pueblo huichol 

Ricardo José Haddad Musi invita a descubrir los símbolos sagrados del pueblo huichol 

El arte huichol no es ornamento ni decoración, es palabra sagrada. Así lo afirmó Ricardo José Haddad Musi, reconocido empresario mexicano y especialista en patrimonio cultural.  

 

“Cada figura, cada color, cada objeto ritual huichol representa un diálogo con el universo de acuerdo con la cultura wixárika”, aseguró. 

 El valor del arte huichol

Ricardo José Haddad Musi ha buscado profundizar en la importancia de los elementos simbólicos del arte huichol y su conexión con la cosmovisión de este pueblo originario. “El venado, el peyote, el Ojo de Dios no son solo íconos visuales, sino portales a una forma de vida en donde todo —el viento, el fuego, la montaña— tiene alma y mensaje”, expresó. 

 

La cultura wixárika, o huichol, sostiene que el ser humano forma parte activa del orden cósmico, y que su equilibrio depende del cumplimiento de rituales que invocan las fuerzas naturales: fuego, lluvia, tierra, viento. Estos elementos se materializan simbólicamente en objetos rituales como la jícara o la flecha, y tienen un papel central en la medicina tradicional, la organización social y la espiritualidad comunitaria. 

 La importancia cultural

Según datos del Museo Nacional de Antropología, más del 65% de las piezas huicholes que ingresan a circuitos comerciales pierden su contexto ritual, lo que pone en riesgo su comprensión profunda y el respeto a su significado. Por ello, Haddad Musi enfatizó que el reconocimiento simbólico debe ir acompañado de procesos educativos y éticos.  

 

Uno de los puntos centrales de análisis para Haddad Musi fue la figura del chamán wixárika, guía espiritual que, mediante el rito y la conexión con las esencias del mundo, transmite orientación a su comunidad.  

 

La preservación del patrimonio simbólico no puede desligarse de una acción cultural comprometida, afirmó. En este sentido, propuso la creación de plataformas permanentes de diálogo entre pueblos originarios, artistas, investigadores y gestores culturales.  

 

“Necesitamos entornos donde los símbolos hablen en su idioma original, no solo en vitrinas. Donde el Ojo de Dios no sea un souvenir, sino una brújula espiritual para mirar la vida desde otra perspectiva”, puntualizó. 

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